lunes, 22 de octubre de 2012

Don Porfirio




Algo grandioso e inusitado debe haber pasado en un concierto cuando el tumulto para comprar discos después de la función es más nutrido que la fila para entrar a los baños.

Y eso de grandioso es que la música clásica mexicana, la de Juventino Rosas y Manuel M. Ponce, las polkas y Dios Nunca Muere, deben estar en nuestros genes porque nos emocionan y nos cautivan como no lo pueden hacer inclusive Mozart o Bethoven, y si de calidad se trata, nada tienen  desmerecen nuestros autores en comparación con los mejores del mundo en el Siglo XIX o el principio del XXI.

El Centro Nacional de las Artes fue elegido para la presentación de cuatro músicos en plenitud y madurez, aunque una de ellas, la que interpreta el salterio, sea apenas una joven maestra, quien sin embargo da color, calor y mexicanidad a la ejecución de un pianista, un guitarrista y un acordeonista, considerados todos entre los mejores de su generación.

Antonio Barberena es el acordeonista productor y promotor de este cuarteto de virtuosos que integran también el pianista Carlos Alberto Pecero, seguramente uno de los virtuosos más destacados entre los músicos mexicanos, Anabel Medrano, en el salterio y Roberto Medrano en la guitarra.

Macedonio Alcalá, en el Vals, Higinio Rubalcaba, con un foxtrot y Manuel M. Ponce con su romántico Intemezzo, son algunos de los autores y ritmos elegidos para la presentación de un disco doble que al final de la función  volará de las manos del promotor, junto con otro en el que destaca el salterio. Quienes en ese momento no iban preparados para la compra, anotan mentalmente una próxima visita a las librerías de Educal o a la librería Gandhi donde les han prometido que lo encontrarán, aunque no sea a precio de  Centro de las Artes.

Todos los músicos, en conjunto y por separado, tienen su momento para lucir sus instrumentos, el acordeonista con la polka Carmela, el pianista con el Vals Capricho de Ricardo Castro y la salterista con el Fox Trot, Chapultepec.

La emoción que exhallta al pianista Carlos Alberto Pecero, me recuerda la escena de una película en la que Chopin contesta con la furiosa ejecución de la polonesa, a la rabia que le produce su país invadido y acosado.

Pecero no está enojado, está extasiado y su rostro dice escuchen con atención, esta es la grandeza de la música mexicana, la más sublime, la más melódica. Carlos Alberto Pecero no ejecuta con diez dedos y tres pedales, toca con los pómulos, con los labios y con el alma.

No hay mucho más que en realidad aporte a la crónica, como premio de consolación he aquí un video mal grabado, pero que al menos habla de nuestro compromiso e interés de querer compartir con  los lectores de esta carteleradf y los seguidores de México en su Memoria, un fragmento de un día grandioso para las artes y la música mexicana.



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